sábado, 14 de junio de 2014

España, nueva meca del cannabis.

Los clubes de marihuana proliferan en Cataluña, País Vasco y Madrid como forma de activismo.


Un cartel luminoso con la palabra dispensario señala al fondo del local la zona donde los socios pueden elegir entre 27 variedades de marihuana, dos resinas y 10 extracciones (un derivado del hachís producido con gas). Un par de ellos espera su turno charlando mientras en el mostrador se despachan tres gramos de mexicana. En el resto del espacio la gente fuma, charla, toma algo o contesta correos electrónicos. Son las siete de la tarde y en La Milla Verde, una de las 300 asociaciones cannábicas del área metropolitana de Barcelona, suena de fondo el tema 99 problems del rapero Jay-z. Pero, a diario, como anuncian algunos pósters de las paredes, también hay conciertos de jazz y sesiones de disc jockeys, talleres de cocina o exposiciones de pintura.
Cada asociación tiene una oferta y estilo distintos. Pero todas han crecido en una suerte de limbo legal que ha permitido su aumento exponencial en España (especialmente en Barcelona que, con 160 locales, ya compite en términos turísticos con los 198 coffee shops de Amsterdam). El volumen de negocio y el empleo que generan, así como su implantación social, han abierto de par en par y por la vía de los hechos la puerta de su regularización.
La Milla Verde está junto la calle Calvet, en la zona alta de Barcelona, y tiene entre sus 1.600 socios (solo unos 400 activos y con un rango de edad de 21 a 66 años) a vecinos, comerciantes de la zona, empresarios y estudiantes. El local está dotado de un complejo sistema de refrigeración a base de carbono y ozono y da trabajo (con contratos fijos) a seis personas. Esta asociación paga el 21% de IVA sobre las cuotas (no todas lo hacen) y la Seguridad Social de sus empleados. Según fuentes del sector, se calcula que solo en Cataluña estas entidades facturan cinco millones de euros al mes. Quizá por ese volumen económico y por su irreversible implantación, los Gobiernos de Cataluña y País Vasco (77 asociaciones registradas) estudian su regulación desde hace tiempo, aunque con escaso éxito. A nivel estatal ningún ejecutivo se ha atrevido nunca a meterle mano a un asunto que sitúa el consumo de España en tercer puesto tras Dinamarca y Francia. Según el informe anual de 2013 presentado por el Observatorio Europeo de Drogas y Toxicomanías (OEDT), más de un 25% de los adultos españoles ha consumido cannabis a lo largo de su vida.
Interior de un club cannábico de Barcelona. / VICENS GIMENEZ
A la espera de un proyecto que lleva meses estudiándose en comunidades como Cataluña (con 165.000 socios) o País Vasco, el Ayuntamiento de Barcelona ha suspendido durante un año la concesión de licencias de este tipo. De momento, estas asociaciones se sustentan sobre todo en la jurisprudencia de sentencias relacionadas con el tema. No hay una regulación penal ni administrativa clara.
El fenómeno nace, según todas las fuentes consultadas, al calor de la ley antitabaco de 2011, en la cual se explicitaba que solo se podría fumar en lugares cerrados (fuera de los domicilios) constituidos en clubes privados de fumadores. Estas asociaciones entienden que la ley se refería al tabaco y sus derivados, y que solo se excluía a las drogas duras. Por lo tanto, si podían asociarse para fumar tabaco, también podían hacerlo para fumar marihuana o hachís. A partir de aquí, empezaron a proliferar las asociaciones sin ánimo de lucro con un número determinado de socios mayores de edad que pagan una cuota mensual y que pueden cultivar y distribuir derivados del cannabis para sus miembros.
La boutique legal Nieto&Povedano, el principal despacho de España en esta materia, asesora a La Milla Verde. Una de sus socias, la abogada Amina Omar Nieto, explica los requisitos para abrir una asociación de este tipo en Barcelona o en otras ciudades como Madrid, donde también trabajan. Para ser socio, además de la mayoría de edad (ellos recomiendan restringirlo a mayores de 21 años, puesto que es la edad en la que científicamente está probado que el cerebro deja de desarrollarse), se necesita el aval de otro socio y el estudio de la petición por parte de la junta directiva del club (compuesta al menos por un presidente, un secretario y un tesorero). Se debe acreditar que el nuevo socio ya era consumidor habitual y no se le está induciendo a ello. Tampoco se podrá realizar publicidad. Por eso, en pleno auge del turismo cannábico en Barcelona, esta semana una juez decretó el cierre de una asociación del Raval que captaba clientes extranjeros en la calle y los registraba al instante para venderles la marihuana.
Al rellenar el formulario —tal y como se hace en la recepción de La Milla Verde— el socio debe señalar los gramos que fuma mensualmente. El límite está en 150 (más de cinco gramos al día por persona, según la jurisprudencia del Tribunal Supremo, podrían ser castigados como distribución).
La asociación no puede lucrarse y, en principio, revierte el dinero en su propio funcionamiento. En La Milla Verde la cuota trimestral son 5 euros, y la anual 20. La marihuana se toma dentro del local —el consumo no está penado en España salvo si se hace con el ánimo de promover su consumo ilícito—. En cuanto a la plantación y distribución, el cultivo para uno mismo tampoco está castigado si un juez dictamina que es para consumo propio. Así, los clubs consideran que lo que llevan a cabo es solo un cultivo compartido no sancionable. Aparte de la cuota, lo que cada socio paga por cada gramo en el momento de recogerlo no se considera venta sino una ampliación de la provisión entregada para el autocultivo colectivo —cuya plantación nunca se encuentra el mismo local—.
Lo relativo al cultivo suele quedar recogido en los estatutos, pero no siempre es así. “Estos, según como lo vemos nosotros, son un modo de expresión de lo que la asociación va a hacer”, explica Omar Nieto. “Deben ser absolutamente transparentes con lo que se hará, incluyendo el cultivo. Y si deben elevarse al ministerio fiscal para que los revise y apruebe, que se eleven. Nos queremos desmarcar de otras asociaciones que no hablan de cultivos en los estatutos sino que se refieren a compra mancomunada. Eso implicaría que acudes al mercado negro porque no tienes cultivo. Y si se permite ese mercado negro, no vamos a conseguir nunca regularizarlo, que es el primer objetivo”, explica.
La policía puede cerrar un cultivo si lo decreta un juez. Y ha sucedido. Pero, hasta la fecha, cuenta esta letrada, han ganado todos los recursos y los clubes se han reabierto.
“Para que sea considerado delito, deben concurrir un elemento objetivo, que es la droga, y otro subjetivo, que es el ánimo de promover el consumo ilícito”, considera Laura Alegre Povedano, encargada del departamento penal del mismo despacho. “Pero en una asociación son todos previamente consumidores, vienen avalados y consumen en el interior. Si yo tengo un cultivo destinado a una asociación no tiene por qué ser un delito ya que no se da el elemento subjetivo”.
En Madrid, donde el fenómeno es más reciente, ya hay 14 afiliadas a la Federación de Asociaciones de Cannabis (MadFac), de un total de entre 30 y 40.
Clubes como La Delgada Línea Verde empezaron a funcionar hace un año. Se trata de un local céntrico con 230 socios dividido en tres espacios: un vestíbulo de registro, una sala para fumar y un cuarto con aroma a botica donde despachan bolsitas de marihuana, dulces, repostería elaborada con hierba o latas de refrescos y cerveza que cada uno puede tomar por una “donación” de un euro. Porque, en teoría, estos locales no pueden vender bebida ni comida de forma convencional ya que estarían convirtiéndose en bares y restaurantes, justo lo que la ley antitabaco de 2011 prohibía. Como en el resto de clubes, también en este para formar parte hay que rellenar una ficha, pasar una entrevista previa y llegar recomendado por otro afiliado. “Cada uno decide su previsión de consumo. Y el concepto de venta queda eliminado”. Aquí ese cálculo tiene un tope: 100 gramos al mes, dividido en tres y medio al día y 25 a la semana. Cada integrante paga una mensualidad de siete euros y unas cuotas extraordinarias aprobadas en asamblea.
El Gobierno del País Vasco ha anunciado esta semana que antes de final de año remitirá al Parlamento un proyecto de ley para regular estas asociaciones. El Parlamento catalán también votó a favor el pasado 13 de febrero de que se apruebe una regulación “desde la perspectiva de la salud pública, autoconsumo y autocultivo, que vaya en la línea contraria de la criminalización que pretende el Gobierno español”. El plazo de cuatro meses que se dieron pronto se agotará.
Aplazado durante décadas y con el eco internacional de casos como el de Colorado y Uruguay, España se enfrenta ahora a este debate con centenares de clubs abiertos y funcionando.

La capital catalana suspende la concesión de licencias

JORDI MUMBRÚ
En Barcelona ya es imposible abrir un club de cannabis. El primer teniente de alcalde del Ayuntamiento de la ciudad, Joaquim Forn, ha anunciado que se trata de una medida “preventiva” contra estos clubes que tiene por objetivo “evitar que terminen por convertirse en un problema grave”.
Para abrir un club de cannabis es necesario constituirse como asociación, aprobar unos estatutos y comunicarlo al Ayuntamiento. Se trata de locales privados exclusivos para sus socios. Actualmente hay 160 asociaciones en Barcelona que ya han dado todos estos pasos. A partir de ahora, el Ayuntamiento ya no aceptará nuevos comunicados de apertura y tampoco permitirá que se amplíen los ya existentes. La medida durará un año y, durante este tiempo, el Gobierno hablará con médicos y expertos para redactar una regulación que fije las condiciones que deben cumplir estos espacios, como mejorar la ventilación de los locales o estar a cierta distancia de centros escolares.
Además, la Guardia Urbana incrementará las inspecciones a estos clubes para asegurarse de que cumplen con la normativa: es decir, comprobar que no comercien, que no se anuncien, que no sean en realidad locales de pública concurrencia y que puedan acreditar el origen de sus plantaciones.

Marihuana a domicilio

POL PAREJA
Un socio del club La Milla Verde. / VICENS GIMENEZ

La marihuana se puede comprar hoy en Barcelona sin levantarse del sofá. Basta tener conexión a Internet, seleccionar la variedad que más le apetezca a uno en la web y, en una hora y media, un transportista la entrega a domicilio. El vacío legal por el que nadan los clubes de fumadores se ha traducido, sobre todo en la capital catalana, en un auténtico babel en el que cada club interpreta la ley a su manera.
Ejemplos como el del club Stash (alijo, en inglés), que distribuye exclusivamente la droga mediante envíos a domicilio y ni siquiera dispone de un local para que los socios la consuman, molesta mucho a otro tipo de asociaciones que realmente sí funcionan con cultivos compartidos entre sus socios y dónde prácticamente todos los miembros se conocen entre sí.
Dentro de la web de Stash, en la que uno se puede registrar simplemente dando el nombre de otro socio —aunque este no lo haya autorizado—, se pueden escoger entre más de cinco tipos de marihuana, dos clases de hachís e incluso pasteles de cannabis. Los precios oscilan entre los seis y los 12 euros para la hierba, mientras que el hachís va de los siete a los 25 euros el gramo. El envío es gratuito y el club solo exige un pedido mínimo en función del barrio al que haya que llevar la sustancia. Los más céntricos requieren un mínimo de 20 euros, cantidad que aumenta hasta los 100 en función de la distancia al casco viejo de la ciudad. Los pedidos más cercanos se reparten en bicicleta; los más alejados, en metro o en moto.
“La inacción de los políticos hace que seamos nosotros mismos los que nos autorregulemos”, dice Jaume Xaus, portavoz de la Federación de Asociaciones Cannábicas de Cataluña (Catfac). “Nosotros ya avisamos hace tres años de que se estaban creando clubes con propósitos comerciales, pero todavía esperamos la prometida regulación”, se queja.
Al cabo de 90 minutos de hacer el pedido, un joven extranjero de unos 25 años llama al interfono del piso en el que se ha solicitado el envío. “Vengo de Stash club”, anuncia en inglés por el telefonillo. Aparece ataviado con una mochila y entra dentro del domicilio. Una vez comprobado que el DNI coincide con el del socio comprador, saca un pequeño tupper de su mochila en cuyo interior se encuentra una bolsa con la marihuana. “¿Y si te pillan de camino?”, le pregunta el periodista. “Digo que es mía, no pasa nada aquí en España”, responde el transportista, que asegura que lleva tres meses con ese trabajo.
Tanto los juristas consultados como el portavoz de la Catfac coinciden en que esta actividad es ilegal, ya que el cannabis no se distribuye en el recinto privado de la asociación y su tenencia y distribución en la vía pública están sancionados por ley. Los juristas incluso dicen que podría suponer un delito contra la salud pública, recogido en el Código Penal. Xaus advierte, no obstante, que este mismo problema también lo tienen las asociaciones a la hora de transportar la marihuana desde los cultivos hasta sus locales. Aún así, asegura que el colectivo cannábico nunca ha solicitado que se regule la entrega a domicilio en el código de buenas prácticas sobre la materia que se debatirá en el Parlament probablemente después del verano.
“Algunos en Barcelona se están cargando el trabajo que llevamos haciendo muchos durante años”, explica el presidente de un pequeño club de 200 socios que prefiere no dar su nombre. “El volumen de turistas jóvenes que vienen a la ciudad ha hecho que mucha gente vea la gallina de los huevos de oro en la marihuana”, remacha.
Después de que el pasado lunes los Mossos cerraran en Barcelona el primer club por vender marihuana a turistas, tanto políticos como cultivadores y presidentes de asociaciones consultados coinciden en que urge poner orden. “Necesito saber de una vez si mi trabajo es legal o no”, explica una chica que gana unos 50 euros al día —en metálico— dispensando cannabis a los socios en un club del barrio de Gràcia.
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